La férula del unanimismo | El Nuevo Siglo
Miércoles, 4 de Octubre de 2017
  • Ultimátum a Cambio Radical
  • Una paz sin democracia

 

Según los voceros más autorizados de la coalición oficialista, hoy prácticamente reducida a sectores del partido Liberal y al todavía mal llamado partido de La U, el Presidente de la República, en una reunión privada en la Casa de Nariño, dio un ultimátum a colectividades como Cambio Radical, que han expresado su franco y abierto desacuerdo con el sesgo ideológico característico en los nombramientos de los tribunales de la justicia transicional y el trámite a rajatabla, en el Congreso, del proyecto de ley estatutaria que reglamenta esa jurisdicción (JEP).

Con ello ha quedado patentado el carácter autoritario y unilateral de todo cuanto ha rodeado el proceso de paz entre el gobierno Santos y las Farc, porque de inmediato se desestima cualquier intento de discutir las cosas, de encontrar fórmulas de consenso entre los amplios y diferentes sectores del país, de darle a la paz el carácter nacional que siempre debió tener, de enfrentar el espíritu divisionista y recurrir a la dialéctica a fin de encontrar puntos de encuentro entre todos los colombianos. Entonces el Gobierno adopta una actitud defensiva, propia de aquellos que no están acostumbrados al diálogo sino a la imposición. Y automáticamente se prende la locomotora de las mayorías hechizas, conseguidas con el aceite burocrático o, en contrario, se recurre al expediente de castigar a quien pretenda salirse de los conceptos palaciegos hegemónicos. Como si ello, por lo demás, pudiera suplir la carencia de liderazgo y la ausencia de reflexión y de sentido político.

 

Al proceso de paz precisamente lo que le ha faltado es una sesuda y convincente pedagogía de lo acordado, si acaso algún día ello estuvo en mente en las furtivas negociaciones de La Habana, pese a los grandes reflectores. Por ello el Gobierno perdió el plebiscito en toda la línea, pensando que era suficiente con el aceite de las maquinarias. Lo que, por supuesto, tiene una buena dosis de desconocimiento del país. Y ese desconocimiento trató de suplantarse dizque con el cuento de que los que votaron negativamente, en el evento plebiscitario, lo hicieron por ignorancia, analfabetismo y manipulación. Es decir, que la verdad revelada sólo podía estar del lado del Sí y los que sufragaron en contrario no eran más que unos ignorantes, tontos e inconscientes. No hay en esa conceptualización de la vida y de las cosas, por supuesto, ningún talante democrático. Porque la democracia se compone, naturalmente, del disenso y del respeto por las opiniones contrarias. Un disenso, además, que debe servir para conseguir un consenso posterior, en el que se ceda de parte y parte hasta llegar al justo medio aristotélico. Todo lo cual fue desestimado en el posplebiscito, dando paso al ejercicio de la polarización como fórmula gubernamental, atentatoria de la unidad nacional constitucional, premisa obligada para el Primer Mandatario. Y eso es lo que tiene al país en el grado de desinstitucionalización vigente y la inestabilidad palmaria en todas las actividades.

 

No puede haber sorpresa por la negativa de Cambio Radical a votar la JEP. El tiquete Santos Calderón-Vargas Lleras no se hizo sobre la base de la justicia transicional, ni las conversaciones con las Farc, sino por la inclusión de los desamparados, como en el programa de vivienda, y el impulso decidido a la infraestructura para poner a tono al país con los desafíos contemporáneos. Como se sabe el propio Presidente recurrió, desde el comienzo, a un “gabinete de rivales”, trayendo a cuento la política de Abraham Lincoln. De modo que se respetaban, aun al interior del gobierno, los elementos políticos discrepantes y no se exigía, ni se podía exigir en modo alguno, el espíritu hegemónico que se ha venido trasluciendo desde hace un tiempo. De hecho, el propio vicepresidente Vargas Lleras dio, en una entrevista exclusiva a la revista “Semana”, su sí condicionado al plebiscito, siempre y cuando se modificara posteriormente buena parte de la JEP y hubiera garantías en la justicia transicional. No se le exigió entonces la renuncia o el retiro. Hoy la JEP vuelve a estar a la orden del día, después de más de un año. De manera que no hay sorpresa ninguna en que Cambio Radical insista en su posición de antaño, mucho más comprobándose el sesgo ideológico con que aquella se pretende manejar.

 

Es del fuero presidencial, como bien lo dice Cambio Radical, hacer lo que a bien tenga el Jefe de Estado, cualquiera sea, con sus colaboradores. Ni más faltaba que no. Luego, a gusto de quienes despotrican desde las convenciones para teñir aún más de rojo al gobierno, basta con proceder en consecuencia.  

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