Génesis de la corrupción

  • El lastre de la circunscripción nacional para Senado
  • Acabar cupos indicativos y clientelismo parlamentario

 

No es, por supuesto, la corrupción un fenómeno que procede exclusivamente del mal diseño de las instituciones. Por el contrario, ello tiene que ver, en mucho, con una visión recortada del mundo y la dependencia adictiva del materialismo. Hay pues en ello y de cierta manera una refrendación del utilitarismo, es decir, aquel ideario afincado por algunos desde la época de la independencia, en especial por los sectores que derivaron en el santanderismo, en el que debe preponderar, en la vida, el bienestar material, por demás motivo sustancial de la felicidad en esa filosofía.

Desde luego, ese concepto gestor del capitalismo no aconseja, en absoluto, la cultura del atajo y el maniobrerismo de las corruptelas, puesto que la sociedad de consumo, que pretende crear, depende irrestrictamente de la legalidad. El problema está, por supuesto, cuando las normas dejan de existir y prevalece la ley de la selva. Entonces el Estado pierde su razón de ser y las instituciones sufren de una erosión de tal magnitud que se acaba la confianza ciudadana, hoy al borde de la exasperación. Mucho peor, como sucede en Colombia, cuando los altos tribunales o algunos de sus principales actores colaboran en el derrumbe, fruto de su actitud anómala y desvergonzada.

Pero al mismo tiempo también hay que decir que, muchas veces, las propias instituciones permiten y acrecientan el fenómeno. Y es cuando el diseño constitucional o legal ayuda a una mayor corrupción. Para el caso, por ejemplo, la circunscripción nacional para Senado, cuya práctica, en Colombia, no solo ha sido mentirosa (hay muy pocos senadores verdaderamente nacionales), sino que ha propiciado las corruptelas en todas sus facetas por los altísimos costos de la política. Para nadie es secreto que muchos se vuelan los topes y compran líderes aquí y allá a fin de cuadrar las curules por fuera de su reducto de influencia. Visto ello y en todo caso una circunscripción territorial permitiría controlar más fácilmente la corrupción.

De otra parte, están los cupos indicativos. Es preciso ponerles coto, no porque no deban llevarse recursos a las comarcas, sino porque con esa justificación se abre un canal para las contrataciones espurias, el tráfico de influencias y el fraude, a través de un circuito nacional, regional y municipal proclive al amañamiento y el desfalco. Es preciso reglamentar la materia, lo que el Congreso no ha querido hacer porque allí se esconde la gallina de los huevos de oro. De nada valió prohibir los auxilios parlamentarios en la Constitución de 1991. Hoy puede decirse que, por gracia de los cupos indicativos, las cosas están peor que antes.

Del mismo modo, es a todas luces dramático constatar, como volvió a corroborarse esta semana, que los cargos públicos, en especial institutos y fondos, se reparten por el Ejecutivo entre los parlamentarios para poner allí las fichas que han de activar la corrupción. No es solo Fonade, Caprecom u otras entidades, sino que en esta ocasión se hizo, además bajo sumas igualmente estrafalarias, con el fondo carcelario. Sobre esa base es fácilmente predecible que una mayoría de entidades están infectadas porque muchas dependen, en alguna medida, de un congresista que a fin de cuentas ha de aprovecharse de ellas. Bastaría, desde luego, con que el Gobierno no entrara en ese juego, es decir, que no ceda al chantaje. Esa, por supuesto, sería la revolución.

El estado de emergencia que se vive en Colombia amerita actuar en consecuencia. Poner el foco en la circunscripción nacional para Senado, acabar con los cupos indicativos, evitar la compra de los parlamentarios a través de los puestos y en particular las contrataciones derivadas de aquellos, mejor dicho, rodear de garantías al Estado para que pueda operar debidamente, sería una conducta plausible. Impedir, asimismo, el reciclaje de las corruptelas a través de las personerías y las contralorías. En efecto, el verdadero control comenzaría con la sola conducta, al más alto nivel posible, de no fomentar los canales que de ante mano se sabe espurios. El problema radica en que ello está cada día más lejos de ocurrir y se cae en esas prácticas como si fueran normales y cotidianas. Pero no lo son. Algún día, ojalá más pronto que tarde, habrá que entender la normalidad como lo que es y no como lo que se quiere que sea, con todos los alicientes a las corruptelas.             

 

 

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