Cataluña y la esperanza de la República | El Nuevo Siglo
Foto Anadolu
Domingo, 15 de Octubre de 2017
Giovanni Reyes
El mayor riesgo de esta crisis es que lo inmediato no permite trabajar por lo que realmente es importante y trascendente 

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La dinámica de los acontecimientos en Cataluña ahora, a octubre de 2017, tiene ese sabor a historia que se escribe en directo, frente a los ojos.  Permite que la vivamos, aunque carecemos de perspectiva.  Se trata de una velocidad de vértigo la que han tomado los hechos.  Al momento de escribir este texto se ha declarado la independencia, pero la misma se ha dejado en “suspenso”, presagiando un largo proceso de concreción.  Todo ello, en un escenario no ajeno a la represión incisiva del gobierno desde Madrid.  Es la España del Siglo XXI: donde, paradoja de paradojas: un monarca habla de democracia.

Por supuesto que los problemas que llevan a la gente a salir a la votación por el independentismo catalán no se forjaron ayer.  Los datos y las dinámicas se han llegado a acumular hasta este punto.  Es evidente que muchas personas perciben que estando en un camino donde no acompañen al resto de España les puede ir mejor.  En Cataluña se tiene casi un 20 por ciento del total de producción de España y el territorio presenta un fuerte componente turístico.

Las acciones del gobierno de Mariano Rajoy, en un prolongado acto de estridencia franquista, se han enfocado en la “ilegalidad” del referendo, en lo ilegítimo de las acciones.  En verdad la legalidad puede ser mostrada, producto de una voluntad política que no quiere, desde luego, perder un territorio que es baluarte económico en la península.  Pero en vez de acceder a ampliar las autonomías, algo que conferiría un tinte más federal a España, el gobierno de los populares se enroca en los matices de la dictadura.

Lo de ilegítimo está bien pregonarlo para con quienes desean escuchar tales acordes, pero la legitimidad -como bien nos lo recuerda Jürgen Habermas- no sólo es sólo formal, sino también concreta, establecida con base en resultados que propician el bien común y la perfectibilidad de la sociedad.  En este punto, como en muchos otros, falla Rajoy y su gobierno.

En lugar de forjar consensos que eso sí, conllevan más esfuerzo, y utilizar instrumentos, principios y ciertos muebles entre el cerebro, lo más “fácil” aunque efímero, es el uso de la fuerza bruta.  La represión resuelve todos los problemas, ya sean estos de discrepancia social, política, cultural, o incluso matemática.  No hay que ser Galileo para saber que un disparo al corazón nos deja con las funciones vitales paralizadas.

En cuanto al corazón del problema de Cataluña, parecería ingenuo pensar que un territorio se “separará” con todos los protocolos legales y formales que se le establecen y que al final de los procedimientos tendremos una suntuosa recepción con brindis de champaña y fotos de ridículas revistas “rosa” incluidos. Sería difícil imaginar a Estados Unidos separándose del Reino Unido mediante concienzudo y discreto trabajo de abogados, juristas y hombres de Estado. 

De manera que estas “separaciones” se logran a contrapelo, por lo general de opiniones dominantes.  Tienen un costo, pero al realizarse con base en la opinión mayoritaria de los ciudadanos, se constataría que la voluntad general apuesta por un futuro de expectativas en lugar de un presente de decepciones. 

 

¿Una implosión más?

Ese costo político y de sangre, literalmente, se percibe que es menor que el desgaste y los egresos a pagar por continuar con una tradición de frases hechas y de planes de ajuste a mansalva, como es el caso de la dirección de Rajoy y sus amigos.  Todo esto, en la historia inmediata, está relacionado con el manejo de la crisis de manera contractiva por Madrid, mientras Cataluña claramente percibe que con derecho sobre sus recursos el futuro si no es totalmente promisorio, al menos es más esperanzador que la trayectoria con base en las condiciones que se tienen ahora.

Véase cómo, Rajoy restringió el uso de recursos catalanes por las mismas autoridades de esta autonomía.  Es probable que algunas personas y grupos sociales que en un inicio no estaban totalmente de acuerdo con la independencia se hayan inclinado por esta opción, al ver cómo las puertas se cerraban.  El gobierno desde Madrid en lugar de dialogar, se insiste, siguió la ruta autoritaria del “mandamás”.  Alegó que el referéndum era contrario a la democracia. 

En verdad se vale de todo, lo democrático era, como se le quiera ver, el referéndum.  No es cierto que lo democrático tenga como límite lo legal -el estribillo de Rajoy-  eso sería como decir en un caso de analogía, que “el límite de la ética es la legalidad”. 

Aunque no todos están dispuestos a pensar, es de advertirlo, por esos rumbos nuestras reflexiones se extravían por los desfiladeros de las falacias.  Si ese límite de ética se forjara en las disposiciones legales, habría que concluir que Hitler actuó éticamente con la ejecución de cerca de 6 millones de judíos.  Casos abundan, donde despiadadas acciones se ejecutaron dentro del más aséptico contenido de las leyes. 

Todo ello son sofismas y vacío de contenidos en las palabras: la profecía de George Orwell (1903-1950) en su obra 1984 (1949).  Por cierto que Orwell dedicó un canto de rasgos cuasi-épicos, al territorio que trata de dejar España; fue el libro “Homenaje a Cataluña” (publicado en 1939).

Es probable que las acciones de libre albedrío que desea establecer el pueblo catalán sean un caso más de implosión.  Situaciones comparables -si esta fuera la naturaleza y el rumbo que tomen los hechos- se manifestaron en lo que una vez fuera la ex –Unión Soviética, así como en la antigua Yugoslavia. En ambos casos, ante un poder central, hegemónico que se presenta como aglutinador, los territorios se mantienen unidos.  Una situación que también la podemos ver en la historia de Latinoamérica.  Al momento que ese poder aglutinador deja de actuar, se erosiona, o bien –condición indispensable- se percibe como relativamente débil, se le puede retar políticamente y con ello provocar el desmembramiento.

Con estas implosiones, actores con poder local tratan de forjarse con base en los  nacionalismos.  Eso puede muy bien estar presente con los catalanes, pero el poder hegemónico de Madrid no desea soltar presa.  En esto también influyen los partidos políticos.  Los mismos tratan de distanciarse del Partido Popular (PP) de Rajoy, pero optan por no respaldar totalmente la separación.  Esto último puede traer costos políticos importantes en el resto de España y no es tiempo de exponerse.  Es tiempo de no arrimarse mucho a esa orilla, pero también de aprovechar la coyuntura con el desgaste del PP.

El riesgo en todo esto es que, como ocurre normalmente, lo inmediato no permita trabajar por lo que realmente es importante y trascendente.  La Unión Europea también trata de tomar distancia esperando que la tormenta amaine.  La táctica es estar “con el campeón hasta que pierda”.

Lo inconfesable y casi no mencionado, es la esperanza de establecer una República en Cataluña.  Se trata de hacer llegar por fin la Ilustración del Siglo XVIII, el Siglo de las Luces, a una España que se abate con su cultura de medievo.  Sería la modernidad la que se abre paso, mientras los catalanes buscan, junto a los Pirineos, la senda de la esperanza en la genuina identidad europea.

   

*Ph.D. University of Pittsburgh/Harvard. Profesor, Universidad del Rosario (El contenido de este artículo es de entera responsabilidad del autor por lo que no compromete a entidad o institución alguna).    

 

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