Un fenómeno singular | El Nuevo Siglo
Sábado, 4 de Agosto de 2018

Sería necio negarlo pero “el fenómeno Uribe”, como se conoce la participación del ex presidente Álvaro Uribe Vélez en los escenarios de la política colombiana, es el hecho más relevante de nuestra actualidad contemporánea. Comencemos por reconocer un hecho incontrovertible: Es el único de nuestros dirigentes que es obedecido ciega y lealmente por sus seguidores y esta no es una circunstancia menor en un país en donde los llamados “jefes naturales” se han desnaturalizado tanto, que cada día es más difícil identificarlos con sus caudas y hasta con sus principios.

Desde luego su volcánico temperamento -que caudillo no es visceralmente temperamental- le vive jugando malas pasadas. Pero, quizás, por no aconductarse en forma disciplinada, es que los huracanes siempre lo acompañan y ha terminado por aprender a sacarle ganancias imprevistas a toda enojosa situación. En un país en donde se considera que ningún partido político ni ningún dirigente partidista puede hacer exitosa carrera sin periódico propio o medio de comunicación amigo, Uribe no ha tenido necesidad alguna de estos acondicionamientos. Todos, sin excepción son su caja de resonancia personal.

Tampoco ha necesitado de un partido o movimiento político para consolidar y solidificar su mensaje doctrinal. El Centro Democrático es apenas un amorfo conglomerado, consecuencia de la “montonera” que siempre lo ha acompañado en las buenas y en las malas. Tampoco ha necesitado de un cuerpo de ideas o consignas para guiar a sus partidarios. Después de muchas décadas de ser protagonista determinante de muchos de los sucesos nacionales, no nos ha legado ninguna “doctrina Uribe”, ni nada que se le parezca.

Tampoco ha sido menester, ni mucho menos someterse a las reglas de la política convencional y no ha sido tampoco un político sofisticado. Todo lo contrario el mismo se precia de ser “un chalán de feria” y siempre ha obrado en consecuencia. Tampoco se le ha identificado con llamativas extravagancias, aparte del oso que hizo con su traje de etiqueta cuando visito al rey de España y las “chaloniadas”, con tinto a bordo, que acostumbra en sus exhibiciones equinas y finqueras.

De todas maneras, tratar de imaginar la actual vida política colombiana sin la activa participación del ex mandatario antioqueño es un imposible metafísico. En los últimos días ha acaparado toda la atención mediática con su amenaza de renuncia senatorial. Es apenas lógico que el recinto parlamentario sin Uribe se convierta en asamblea de pueblo, y por eso puso al país patas arriba. Las aguas, empero parecen haber regresado a su nivel, luego que el Señor del Ubérrimo, se dignó retirar su amenaza.

Ahora la fiesta democrática nos espera el próximo 7 de agosto, cuando tome posesión “el que dijo Uribe”: Iván Duque. Podemos estar absolutamente seguros que Duque no necesita instrucciones ni guiños especiales de su mentor, para adivinar que debe o no debe hacer en el palacio de Nariño. El uribismo está adiestrado al extremo que, entre ellos, se leen el pensamiento y actúan simplemente por reflejos telepáticos.

Adenda:

Desde la próxima semana estaremos de vacaciones familiares en España. Nuestra columna tratará de interpretar el momento que viven nuestros ancestros hispanos y dará testimonio de su hospitalidad y modernización.