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El legado de Carmiña Gallo y Alberto Upegui: inmortal

Foto cortesía

El legado de Carmiña Gallo y Alberto Upegui está ahí, vivo, en dos de sus creaturas: la Ópera de Colombia y Las clásicas del amor.

Porque si en Colombia hoy se hace ópera, se hace porque eso fue posible en 1976, gracias a que Carmiña Gallo era la primera soprano que en Colombia estaba en condiciones de hacerla y hacerla bien. Y de sobra se sabe que ópera sin soprano no existe. Y también porque Alberto Upegui era el único que estaba en condiciones de hacer eso realidad, porque si Carmiña era la cantante artísticamente en condiciones de hacerla con calidad, Alberto Upegui no era un ser humano, sino una fuerza de la naturaleza para quien no existían imposibles.

Carmiña, por su experiencia como maestra del Conservatorio sabía que estaban dadas las condiciones para crear el coro de ópera, que se necesitaba, y también el talento para empezar a darle la oportunidad a una cantera de voces que, sencillamente hizo historia en ese momento. Alberto había ya sabía, por las Temporadas de Ópera Haceb en Medellín, que hacer ópera en Colombia era posible.

Años más tarde fueron proscritos de la empresa que ellos crearon. A Carmiña por poco le acaban la carrera. Con la reputación de Alberto se limpió la calle 10ª de La Candelaria frente al Teatro Colón. El Presidente Betancur los salvó de la ignominia, los envió al servicio diplomático en Italia. Allá, por poco, Alberto consigue montar Elíxir de amor en La Fenice de Venecia ambientada en un pueblo de las montañas de Antioquia y Carmiña tuvo la oportunidad de cantar en varios teatros de Europa. Cuando regresaron la ópera que habían creado había desaparecido. Andrés Pastrana lo nombró Director del Instituto de Cultura de Bogotá, y desde ese cargo hizo renacer el entusiasmo por la ópera, hasta la hizo en el Teatro Municipal y creó, en el Planetario distrital talleres para las nuevas voces que había en ese momento, voces que luego hicieron carrera internacional, como Juanita Lascarro.

De ese experimento, gústele a quien le gustare, nació la Nueva Ópera de Colombia, de la que él, y Carmiña, fueron proscritos. Pero no se quedaron con los brazos cruzados: Carmiña a lo largo de esos años se probó en la música popular y como Alberto adoraba la música, toda, crearon una nueva empresa, Las clásicas del amor, que desde los años 90 ha venido presentando conciertos en el Auditorio de Skandia. Como para ellos nada era imposible, pusieron los pies sobre la realidad, crearon el Coro Filarmónico de Bogotá y la Orquesta digital de las Clásicas, que en un alarde de absoluto ingenio, no hay reto que no puedan resolver, desde los clásicos de Queen hasta obras del repertorio lírico, como el Himno de las Naciones de Giuseppe Verdi.

Después de la muerte de Carmiña, y la de Alberto, que la siguió unos años más tarde, el barítono Yener Bedoya tomó la decisión de recoger la llama de esa iniciativa y Las clásicas del amor completan ya más de 600 presentaciones.

Cada cierto tiempo, complacen al público y le hacen a Carmiña y Alberto el homenaje de un concierto con el repertorio que está en los atavismos de toda esta historia: el canto lírico.

Fue lo ocurrido en Skandia la noche del miércoles pasado. El auditorio a reventar, a punto de que fue necesario usar la sala contigua para poder acoger al público que agotó la boletería en un recorrido  que ellos denominaron, Lo más famoso de la ópera, la zarzuela y el Teatro Musical.

Dirección de Óscar Vargas al frente de la Orquesta digital en un recorrido por fragmentos de Carmen de Bizet, Il trovatore de Verdi, La Bohème de Puccini, Adriana Lecouvreur de Cilea y Porgy and Bess de Bernstein del repertorio operístico; Alma de Dios y El trust de los tenorios de Serrano, La princesa gitana de Kalman, Cecilia Valdez de Roig, La leyenda del beso de Soutullo & Vert, La rosa del azafrán de Guerrero en zarzuela, y, fragmentos de Jesucristo superstar de Lloyd Weber, Crazy for you  y West side Story de Bernstein en el repertorio del musical

Todo resuelto con impecable dignidad por las voces, entre otras, de Carmenza Pérez, Paola Díaz, Erwin Barrera, Manuel Contreras, por cierto, que longevidad vocal la suya, y solistas salidos de las entrañas de la agrupación.

Todo, decía, resuelto con increíble dignidad y respeto por la música. A la final, pues se trató de un concierto de lealtad a dos personajes cuyo legado, como decía, está ahí. Porque Carmiña Gallo y Alberto Upegui escribieron un capitulo trascendental de la historia de nuestra música y Las clásicas del amor son leales a su memoria.