Duque y la geopolítica

  • Polémica por asunto palestino
  • Presidente, a tomar la iniciativa

 

El presidente Juan Manuel Santos debutó de primer mandatario tratando sorpresivamente de “nuevo mejor amigo” al entonces comandante Hugo Chávez, luego de ser punta de lanza acérrima contra aquel, y ocho años más tarde se despidió, hace menos de una semana, reconociendo furtivamente al Estado Palestino después de ser el aliado más irrestricto de Israel.

Lo primero le sirvió, en el transcurso de buena parte de sus dos mandatos, para sacar avante las negociaciones con las Farc, siendo Chávez baluarte del Foro de Sao Paulo y mandatario con ascendencia en esa guerrilla hasta el punto de ser el principal promotor internacional de la salida política negociada que llevó a Santos a ganar el Premio Nobel de la Paz. En el segundo caso no se sabe muy bien, sin embargo, cuál es el propósito de un cambio tan radical frente a Israel, pero posiblemente más adelante, en su carácter de galardonado internacional, podrá verse al expresidente en alguna comisión en el Medio Oriente con miras a participar de algún modo en los eternos diálogos de paz entre israelitas y palestinos.

De hecho, hace unos años así lo había pretendido el presidente Santos cuando anunció, también sorpresivamente, que Colombia se ofrecía a intermediar entre las dos partes en el más grave conflicto del mundo. El asunto no llegó ni a las primeras planas, pero dejó entrever una intención subyacente. En tanto, el Jefe de Estado, aparte de Chávez y luego Maduro, contó para el proceso de paz de las Farc con la asesoría permanente de Shlomo Ben Ami, un ex primer ministro israelí proclive a la negociación con Palestina y que Santos había conocido en España como miembro del círculo de Toledo, al lado del controvertido juez Baltasar Garzón. No sobraría decir, en el mismo sentido, que eventualmente otro viejo amigo de Santos, el ex primer ministro británico Tony Blair, podría trabajar en la misma dirección.

El intempestivo reconocimiento del Estado Palestino por parte de Colombia en cabeza del hasta hace muy poco presidente Santos es parte, desde luego, de la libre autodeterminación de los pueblos. Pero en el concierto internacional, tal vez como en ninguna otra actividad, es tan importante el fondo como la forma. Y en este caso la forma y las circunstancias de la decisión llevaron a un exabrupto que, de una parte, tomó al parecer con la guardia baja al gobierno entrante, pese a la notificación en el empalme, mientras que de otra Israel acusó a la administración saliente de haberle dado una bofetada y haber traicionado la confianza de unas relaciones vigorosas y en muchos casos favorables a las mismas intenciones de Santos cuando desempeñó diversos cargos públicos.

De suyo, el gobierno del presidente Santos se había abstenido de votar contra Donald Trump en la ONU cuando este trasladó, hace unos meses, la embajada de los Estados Unidos a Jerusalén y, frente al reconocimiento del Estado Palestino, siempre dijo que privilegiaba el diálogo directo entre las partes para después tomar una decisión al respecto.

Ahora Israel cree, sinceramente, que el nuevo gobierno del presidente Iván Duque reversará la resolución. Nos tememos que no será así, a pesar de que los periódicos israelíes han mostrado júbilo frente a esta posibilidad, que consideran prácticamente tomada. Salvo que se encuentre algún inciso que invalide la decisión de la administración anterior, parecería evidente que el reconocimiento es un hecho cumplido, incluso si se cita a la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores. En esa dirección, por lo demás, el gobierno Duque no pareció haber dejado una constancia o haber comentado negativamente el caso. O estuvieron de acuerdo o no le vieron la trascendencia debida al asunto. Por descontado, Colombia no es enemiga de los palestinos, pero no es de desconocer la fuerte alianza con Israel. El ajedrez internacional es cambiante, pero no al pálpito de las corazonadas.

Fuere lo que sea, más que citaciones a la Comisión de Relaciones Exteriores, se requiere del Presidente Duque y su canciller la iniciativa plena. Por el contrario, a las primeras de cambio, cuando se toma el pulso al gobierno, sería mejor una alocución presidencial corta, directa y de cara a la opinión pública. Saber con exactitud qué piensa el Presidente en este caso y cuáles son sus decisiones, previo al debate en la dicha Comisión, por lo demás obligatoriamente integrada con la oposición, es un tema que dejaría entrever, de una vez y más allá del asunto en cuestión, cuál va a ser el tratamiento a los aliados. Y eso corresponde al primer mandatario, como Jefe de Estado, y a nadie más.

En consecuencia, no es sólo saber si se confirma el reconocimiento directo. También ha de saberse si Colombia va a votar en la ONU a favor de Palestina como miembro de pleno derecho en esta organización, el verdadero debate actual y la otra decisión próxima a tomarse. El presidente Duque sabrá, ciertamente, si es buena para Colombia la política, por decirlo así, de los “No Alineados” o si su orientación para los próximos cuatro años es de otro tenor.