Frenar deforestación para evitar fin de manglares

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La reconstrucción de la historia de nueve ecosistemas cenagosos de Cesar y Córdoba, realizada en el Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la UN, aporta evidencias sobre la aceleración de la deforestación a lo largo de sus cuencas en los últimos 200 años.

Para Orlando Rangel, investigador del ICN de la Universidad Nacional de Colombia (UN), las ciénagas y los manglares “garantizan el mantenimiento y equilibrio de los sistemas hídricos, ya que cuando el caudal de los ríos aumenta, las ciénagas almacenan agua previniendo inundaciones. Luego, en la época de menor creciente, el agua regresa a los afluentes”.

Sin embargo, por la deforestación la Tierra está perdiendo su paraguas natural, con lo cual se acelera la erosión. Por este motivo, cuando llueve se transportan más materiales sólidos (sedimentos) hasta los ríos, los cuales, a su vez, ya no devuelven agua sino barro, lo que termina taponando las ciénagas.

En 2012, los profesores Rangel y Alexis Jaramillo, del ICN, observaron que la tasa de sedimentación (velocidad a la que las ciénagas se van llenando de material sólido) ha aumentado. Por ejemplo en El Sordo, al sur del Cesar, es de 2,97 cm/año; si la tendencia se mantiene, esta desaparecería en 70 años. En la ciénaga Vaquero es de 1,53 cm/año, es decir que le quedaría una vida útil de 200 años, mientras que en la Morales es de 0,97 cm/año, por lo cual se taponaría en unos 200 o 300 años.

Primero fueron bosques

En 2016, Yénnifer García –doctora en Ciencias-Biología– tomó numerosas muestras en diferentes puntos de la Ciénaga Grande de Lorica (Córdoba) analizadas en el Laboratorio de Paleoecología de la UN Sede Bogotá.

Cada muestra se sometió a un cuidadoso proceso químico con ácidos que desprendieron de la tierra minúsculos granos de polen. Su análisis mostró que 7.346 años antes del presente (AP) imperaba un bosque de tierra firme y vegetación inundable que por las temporadas secas se fue convirtiendo en un sistema pantanoso.

La tendencia cambió hace 6.570 años AP, cuando el pantano fue ganando territorio con respecto al bosque y la vegetación acuática se consolidó en una época húmeda, según muestra el polen analizado. Estos resultados indican el desarrollo de un ambiente que los expertos llaman “espejo de agua de las ciénagas”, es decir, una especie de lago o charco.

Tal dinámica se mantuvo hasta el siglo XVIII cuando se presentó el último pico del bosque. A partir de ese momento, aunque la tendencia climática no cambió, dicho ecosistema presentó una dramática caída que marcó el inicio de su desaparición.

Este mismo fenómeno, aunque en menor medida, ha sido observado por los investigadores en los últimos 200 años en ciénagas como Mata de Lata (Ciénaga Grande de Lorica), Vaquero, Juncal, Morales y Costilla, en el sur del Cesar. Por el contrario, el bosque se mantiene en ciénagas como Castañuelo y Explayao (Ciénaga Grande de Lorica), y Musanda, también al sur del Cesar.

Al respecto, la bióloga García señala que “a lo largo de la historia los cambios han dependido de múltiples variables”. Nuestro estudio no se enfocó en una época específica, pero vemos que el incremento de la deforestación en los últimos años y el auge de las obras civiles ejecutadas por el hombre coinciden con el fuerte proceso de colmatación de las ciénagas”.

Amenazados por el mar

Con las rápidas transformaciones que se han dado en los últimos 200 años, y las que se proyectan, no solo peligran las ciénagas sino también los manglares.

La colonización de estas comunidades vegetales -establecidas en ambientes con presencia de agua dulce (ríos) y agua salada (mares)- se consolidó, “apenas”, entre los siglos VI y XII en varias regiones costeras del país como Neguanje, en el Parque Nacional Natural Tayrona; la laguna de Camarones, en La Guajira; La Caimanera, en Sucre; y Cispatá, en Córdoba. Una de las razones de su surgimiento fue que el nivel del mar subió en estas zonas, donde las condiciones continentales del territorio dieron paso a la influencia marítima.

Para los investigadores del ICN, el reto es que el Gobierno, la academia, las empresas y las comunidades trabajen conjuntamente en la definición de estrategias de protección para ecosistemas como las ciénagas y los manglares, un patrimonio que presta importantes servicios a la sociedad y a la biodiversidad de la región.