ROMPE FRONTERAS
Rusia 2018, del mestizaje y la globalización

Foto Montaje El Nuevo Siglo
Este Mundial ha sido, ante todo, la confirmación de que los países cada vez son más multirraciales y multiculturales. Los casos de Francia, Bélgica, Inglaterra o Suiza, lo demuestran 

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LA SEMANA pasada, antes de los cuartos de final, Óscar Washington Tabaréz “El Maestro” se apartó del plano táctico y dijo que “no vale la pena salir campeón” si los jugadores no saben “por qué en Francia hay jugadores africanos”.

Esa frase, que más allá de los análisis poscoloniales merece un estudio de las realidades de la migración,  resume esencialmente lo que ha sido esta copa del mundo, donde los jugadores de un origen distinto al del país que representan están triunfando.

En el Mundial Rusia 2018, Francia, Inglaterra, Suiza y Bélgica (y otros) han desvirtuado aquella tesis de que cerrar las fronteras es lo más conveniente.

El mestizaje futbolístico

Kylian Mbappé, de 19 años, y muy probablemente la próxima estrella a nivel mundial, tiene ascendencia camerunés y argelina. Nació en Francia el mismo año en que su país ganaba por primera el Mundial y Jean Marie Le Pen, el ultraderechista fundador del Frente Nacional,  intentaba llegar a la presidencia.

Le Pen, radical que una vez negó los crímenes del nazismo, no tuvo en cuenta cuando se dirigía a su seguidores en Alsacia -donde tiene bastante acogida- que sus consignas en contra de los migrantes podían afectar la permanencia de un astro del fútbol en Francia, Mbappé.

Hijo de migrantes jamaiquinos, Raheem Sterling también vivió una historia similar. La diferencia es que nació en Kingston, en 1994, y cinco años después sus padres decidieron migrar  a Reino Unido, gracias a las políticas de nacionalización promovidas para ciudadanos de países que pertenecieron al imperio inglés.

Sterling, el hábil extremo de la selección inglesa, creció en un suburbio de Londres equivalente a las conocidas Boulay de París. Tuvo una adolescencia trastornada por las dinámicas de “Elephan Castle” o “Lewisham”, dos barrios marcados por la pobreza y la inseguridad. Un tiempo después, se convirtió en un ídolo en Inglaterra.

Algunos han puesto en duda su interés por representar a los países que acogieron a su familia, una situación que recuerda lo que veinte años atrás vivió Zinadine Zidane, quien en los tiempos de Le Pen se puso en entredicho si realmente representaba a Francia o a Argelia, país donde había nacido.

Para muchos el mejor jugador de la historia de ese país, por encima de Michel Platini y Just Fontaine, Zidane tuvo que enfrentar oleadas de discriminación por su origen argelino que quedaron en la sombra luego de que con dos goles suyos Francia ganara el Mundial.

Sociedades multirraciales

En la medida en que los países se desarrollan, la potencialidad de que se conviertan en objetivos de la migración aumenta. Las razones, que van desde motivos económicos hasta la violencia,  han llevado a millones de personas a desarrollar su vidas en otros lugares distintas a donde nacieron.

La migración siempre ha sido objeto de debate. Los problemas de las  diásporas que iban del caído Imperio Romano hacia la Europa central fueron contadas por varios narradores. Antes Heródoto –para muchos, el primer historiador- narró las migraciones fenicias a Persia y Massimo Livi, obsesionado con el tema, recientemente lanzó un libro titulado “breve historia de las migraciones”.

La mezcla entre diferentes civilizaciones es, aparentemente, esencial para el desarrollo cultural. Qué sería, dice un amigo, de Europa sin el álgebra o el té. Qué sería de América sin las instituciones europeas que generaron esta sincronía armónica con los pueblos nativos.

Entendido, ante todo, como una expresión cultural, el fútbol no está alejado de esta realidad. La relación entre diferentes razas ha hecho que países como Bélgica jueguen más parecido a la Brasil de los setenta que a la Alemania de los noventa pese a la cercanía territorial.

Geografía, y algo más

Rusia 2018 ha confirmado que la migración sí le hace bien al fútbol. No sólo porque Mbappé y Sterling tiren gambetas sin cesar, sino que también ha mostrado que Vida y Shaqiri tienen historias que nos enseñan de política y geografía, aterrizando la mente a la década de los noventa en los Balcanes o a la Ucrania de ahora.

En fase de grupos, faltando pocos minutos para el final del partido, el petizo Xherdan Shaqiri partió de la mitad del campo, esquivó varios defensores sirios y marcó un gol que catapultó a su selección, Suiza, hacia los octavos de final. No pudo contenerse. Tras marcar, celebró con brazos y manos haciendo el gesto del águila, símbolo de la bandera de Kosovo.

Él, como Xhaka, fueron víctimas de la Guerra de los Balcanes y tuvo que huir a Suiza, donde creció  el albanokosovar. El Mundial, pues, ha sido una clase sobre Europa, en especial, sobre la geografía y la política de Europa oriental, tan desconocida en esta región.

No sólo ellos han mezclado fútbol con política.  Afecto a Ucrania, el croata Domagoj Vida celebró el triunfo ante Rusia con un “viva Ucrania”, en referencia al conflicto fronterizo entre este país con Moscú. El miércoles, inesperadamente, el público ruso se volcó a favor de su selección, aunque se oía un leve suspiro cada vez que transportaba al balón.

En ese mismo partido, el nacido en Brasil, Mario Fernandes, marcó un gol agónico en el alargue del partido y prolongó el sueño mundialista de una Rusia que los mismos locales eliminaban en primera ronda.

Otros han contado con menor suerte. La zurda magistral de Mezut Ozil, el alemán de origen turco, no brilló en este Mundial. Tras la histórica eliminación en primera ronda después de perder con Corea del Sur, los alemanes pusieron como uno de los culpables al volante del Arsenal y algunos relativizaron su compromiso con la selección por su origen turco.

La migración, al menos en el fútbol, parece imparable. El mestizaje, a su vez, hace que países como Francia jueguen a lo brasilero y nos enseñe que detrás de este deporte hay política, historia. Hay tantas cosas.