Polarización, el enemigo

  • El país urge unos consensos mínimos
  • Choque de múltiples “proyectos país”

 

Instalado el nuevo Congreso el pasado viernes y a escasos días de que el Presidente de la República electo asuma el cargo, es claro que el país se enfrenta a distintos retos en el campo político, económico, social e institucional. Retos muchos de ellos urgentes para solucionar problemáticas coyunturales y estructurales. El listado de reformas prioritarias supera la decena, empezando por aquellas largamente dilatadas como la política, electoral, judicial, tributaria, pensional y laboral, entre muchas otras. También es imperativo que desde las cúpulas del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial se impulsen y activen una serie de medidas constitucionales, legales, reglamentarias y administrativas que se necesitan para hacer frente a distintas contingencias.

Sin embargo, para que todo ello sea posible es necesario lograr unos consensos mínimos entre las diferentes fuerzas políticas. Y esto solo se podría viabilizar si hay voluntad para dejar atrás el ambiente imperante de polarización. No puede Colombia seguir sumida en una constante contradicción ideológica y programática que se ha convertido en una especie de ancla que impide a la institucionalidad y al país mismo avanzar. Las citas a las urnas de los últimos dos años, las encuestas y lo que todos los ciudadanos perciben sobre los antagonismos a su alrededor en distintos campos y materias, ponen de presente que se han creado brechas en la sociedad, que reflejan sus dirigentes, impidiendo a la nación poder construir un sentido de unidad sobre los grandes propósitos que se deben perseguir.

La polarización, en consecuencia, es un lastre que trunca la vocación de futuro del país. Lo mantiene patinando sobre debates y controversias que a fuerza de repetirse sin ninguna definición, se tornan insulsos y desgastantes. Hay, entonces, que hacer un llamado para que se definan unas sinergias que todos los factores de poder político, económico, social e institucional se comprometan a apoyar más allá de sus diferencias. No se trata, en modo alguno, de apostar por el unanimismo político, programático o ideológico ni desdecirse de un sistema de gobierno-oposición que, precisamente con la aplicación del nuevo Estatuto, ha tomado un impulso determinante que, sin duda, fortalecerá la democracia colombiana. El control político cruzado entre toldas oficialistas y no gobiernistas, e incluso el mismo sistema de pesos y contrapesos institucionales que busca evitar el desborde o preeminencia excesiva de alguno de los tres poderes públicos, son elementos clave del aparato estatal. Todo ello debe permanecer y fortalecerse incluso más.

La polarización, por el contrario, sí debe tratar de dejarse atrás o, al menos disminuirse lo más posible. Para avanzar en esa dirección se requieren varios elementos. En primer lugar, tener voluntad de consenso, pues tan perjudicial resulta que las mayorías impongan a rajatabla sus criterios como que las minorías se opongan a todo per sé. Como segundo aspecto, urge que se defina una agenda mínima alrededor de la cual construir esos acuerdos sobre lo fundamental, como lo indicara en su momento el inmolado líder conservador Álvaro Gómez Hurtado. Es claro que mientras cada facción política tenga su propio “proyecto país”, creyendo que el suyo es el llamado a implementarse y hay que descartar todo aquello que esté por fuera, no habrá plan de acción que concite un apoyo medianamente mayoritario. En tercer término es evidente que necesitamos superar la visión cortoplacista que marca muchas de las políticas en Colombia, pues ello implica que gran parte de las obras, proyectos, programas y objetivos tengan un alcance corto o de tono marcadamente gobiernista, cuando lo que se requiere es políticas de Estado, con vocación de largo plazo y objetivos de alto calado.

Obvio, dejar atrás la polarización no será fácil. Sin embargo, la coyuntura del país y la gravedad de varias problemáticas deberían llevar a que los principales líderes y cabezas de los poderes públicos entiendan que se necesitan unos consensos mínimos para sacar avante temas prioritarios. Ya en otros países se ha podido evidenciar que ante los grandes retos y urgencias, los partidos y factores de poder y opinión son capaces, sin sacrificar ni transar sus posturas fundamentales, de concitar acuerdos mínimos en pos del bien general. Colombia está en mora de empezar a recorrer ese camino. La instalación del Parlamento y el pronto relevo en la Casa de Nariño se erigen como la mejor oportunidad para marcar ese rumbo. Como se dijo, la polarización es el enemigo principal de un mejor futuro y el país debe derrotarla lo más pronto posible.