La estafa revolucionaria

  • Del promeserismo populista a la tragedia
  • Los regímenes de Venezuela y Nicaragua

 

Para algunos autores postmodernos la cacareada “revolución del socialismo del siglo XXI” no pasa de ser una estafa. En gran parte porque se le ofrece a la población la posibilidad de alcanzar la tierra prometida y grandes beneficios económicos y sociales, pero en la praxis ocurre lo contrario. Es el caso, por ejemplo, de Venezuela. En su momento era el país que ofrecía las mayores posibilidades de desarrollo de la región, siendo el mayor productor de crudo del mundo. Incluso se recuerda que todos los fines de años los barcos abarrotados de finos licores hacían cola en sus puertos. Igualmente, el aeropuerto de La Carlota tenía en su momento el mayor número de aviones privados de la región, por encima de algunos países más avanzados y ricos. Las ganancias petroleras alcanzaban para repartir dividendos que, incluso con corrupción a bordo, llegaban hasta a los venezolanos más pobres, al tiempo que otra parte se invertían en desarrollar la industria, agricultura y el comercio. El bolívar era, de paso, una de las monedas más fuertes del continente. Es más, cuando en su primer gobierno Carlos Andrés Pérez decidió “nacionalizar” la industria de hidrocarburos giró sin problema los cheques millonarios para pagar a las multinacionales.

Releyendo los improvisados discursos de Hugo Chávez, cuando se lanzó a la política, su caballo de batalla consistía en combatir la corrupción en que se ahogaba Venezuela, prometiendo redimir a las masas con los recursos petroleros. Luego de su fallida intentona golpista y su encarcelamiento, tras las rejas siguió insistiendo en castigar a la plutocracia partidista, consigna que lo hizo más popular y lo convirtió en héroe en prisión. Al principio le costaba cierto trabajo superar el modesto lenguaje de cuartel pero pronto se manifestó como uno de los demagogos más tempestuosos de los últimos tiempos, que prometía llevar al pueblo venezolano a la abundancia y el reinado de la justicia social. Ya en el poder, la realidad fue otra: empezó a empobrecer a la población hasta sumirla en la miseria, al tiempo que encendía una peligrosa lucha de clases. Después de un tiempo, el ya reelegido presidente de los venezolanos descubrió que la abyección de sus subalternos no tenía límites, por lo que para combatir una huelga despidió a más de 20 mil profesionales y trabajadores especializados de la industria petrolera. Esa movida aceleró la crisis de la principal fuente de divisas, al tiempo que el Gobierno se apoderaba de la chequera del petróleo para manejarla como ‘caja menor’ para financiar una revolución que hacía agua, enriquecer a sus cómplices y favorecer a los partidos de izquierda de varias naciones, con lo que consigue cambiar el mapa geopolítico del hemisferio, virando hacia un populismo de izquierda.

Los primeros que se dieron cuenta de que el chavismo conducía a Venezuela al despeñadero fueron los emigrantes que habían llegado de Cuba o de países europeos que estuvieron bajo el dominio de la ‘cortina de hierro’. Intuyeron fácilmente, con base en la experiencia en sus respectivas naciones, que la ‘revolución bolivariana’ no pasaba de ser una orquestada estafa política. La paulatina destrucción de la industria, del comercio y la agricultura, así como de las empresas petroleras, en especial de PDVSA, así lo confirmaba.

Pronto el beligerante discurso populista y las vanas promesas de un futuro mejor se estrellaron con la realidad de la más terrible pesadilla para el pueblo venezolano, que en pocos años, tanto con Chávez y después con Maduro, pasó de la abundancia al penoso infierno de la miseria colectiva, la quiebra económica, la hambruna y la mayor inflación del mundo. El derrumbe del castillo de papel del “socialismo del siglo XXI” ha llevado a que millones de venezolanos huyan del país como única opción de supervivencia. La gran estafa de la revolución chavista, tornada ahora en violento régimen dictatorial, quedó más que evidente.

Lo mismo está ocurriendo ahora en Nicaragua, en donde la revolución sandinista ya hizo crisis. Del genuino levantamiento popular que acabó la dictadura de los Somoza, décadas atrás, poco queda. El régimen de Daniel Ortega cooptó casi todos los poderes y puso al Ejecutivo y sus recursos al servicio del clan familiar de este y su esposa. En los últimos meses millones se han atrevido a manifestar su inconformismo y exigido un cambio de gobierno, pero el acorralado ejecutivo responde con violencia y sangría para aferrarse a como dé lugar al mando. Otra farsa revolucionaria puesta al descubierto.

Es preciso en estos tiempos, ante el crecimiento de la tendencia en naciones como Venezuela o Nicaragua a la involución política, bajo los efectos de la vana palabrería revolucionaria, que las gentes se lancen a defender la democracia, la libertad y la justicia... Sin duda los valores más preciados de nuestros pueblos, por más que esos regímenes dictatoriales quieran abolirlos.