Habitantes de la calle

Desde la década de los sesenta Bogotá comenzó a advertir un curioso fenómeno social de niños de la calle a quien se bautizó como “gamines”, vocablo proveniente del francés que significa muchacho sin hogar. Estos pequeñuelos se veían en grupos que mendigaban, robaban y luego atracaban. Ellos descubrieron que el pegante Bóxer al inhalarlo los dopaba y les permitía pasar horas sin probar alimento y retraerles de la realidad de la vida. Este fue el precursor de la droga.

De ahí al ir creciendo, estos chicos probaron la marihuana y bazuco, se habituaron a consumirlos, pero para poder obtenerla, los micro traficantes vieron en ellos un enorme potencial de mano de obra y a condición de suministrarles sus dosis, estos deberían convertirse en vendedores y eso fue de gran resultado para quienes después se apodaron “jibaros”, o sea expendedores de droga callejera.

Han pasado varias décadas y este fenómeno evolucionó a la figura del “ñero”, un gamín ya mayor, drogadicto y abandonado a la calle. Duermen bajo los puentes, en las alcantarillas, en los huecos y en las llamadas “ollas”, unas concentraciones tenebrosas del bajo mundo dominadas por mafias distribuidoras de drogas y reducidores de todo lo robado callejeramente.

El censo oficial en Bogotá marca aproximadamente unos 10 mil habitantes de la calle, una pequeña ciudadela, un número creciente que se alimenta día a día a causa de la drogadicción, pues muchas personas provenientes de familias organizadas, que caen en la droga terminan en la calle a causa del vicio. Profesionales, artistas, estudiantes y hasta madres de familia.

A este fenómeno cultural bogotano se le suma otro, que son los comerciantes de la calle y ahí el número es inmensamente superior, se estima que en Bogotá unas 100 mil personas viven de esta actividad, desde mendigos de todas la edades y condiciones, familias enteras, hasta ancianitos parados en las esquinas en busca de monedas. Artistas, músicos y saltimbanquis en los semáforos, limpiadores de vidrios, vendedores de mecato en Transmilenio y de todo lo inimaginable.

A este conglomerado humano se le puede clasificar como habitantes de la calle, hogar de unos y trabajo de otros. Es la respuesta más clara del tercermundismo, países atrasados cultural, política y socialmente. Es un fenómeno producido por la desigualdad social y económica, por falta de decisión gubernamental para buscar solución definitiva.

No se puede dejar que avance esta grave situación porque degrada la sociedad, hace metástasis y como las plagas termina absorbiendo a la ciudad. Más allá de todos los problemas es de urgencia afrontarlo y encontrar solución con políticas públicas sólidas, presupuestos y educación que frene y otras sociales que asistan en recuperación y restablecimiento de la persona humana a esos miles de seres humanos en la indigencia. Es el momento de afrontar esta situación como un imperativo social y humano.

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