Escudo para la “orilla del mundo”

  • Chiribiquete, un tesoro natural y cultural
  • Avanzar en la corresponsabilidad global

 

La decisión de la Unesco de declarar Patrimonio Natural y Cultural de la humanidad al Parque Nacional Natural de Chiribiquete es un honor y un deber para Colombia. Lo primero porque la biodiversidad de esta Serranía amazónica difícilmente tiene parangón en el planeta: es punto crucial y de contacto entre los biomas de la Amazonía, Andes y Orinoquía; su riqueza natural es amplia en materia de mamíferos, aves, plantas, reptiles, peces, arañas y mariposas; de igual manera es un universo ecosistémico compuesto por bosques de todo tipo, ríos, lagunas, madreviejas y herbazales; es el más grande de los 59 parques naturales que tiene el país; y su preservación es vital toda vez que durante siglos su territorio se ha mantenido virgen y aislado a los embates depredadores de la colonización humana moderna. No sin razón los expertos señalan que Chiribiquete es un laboratorio vivo de naturaleza, uno de los últimos en todo el mundo. Un pulmón verde de importancia global.

Desde el punto de vista cultural la Serranía de Chiribiquete alberga comunidades indígenas que viven en comunión con el entorno natural, lo respetan y preservan sabedores de que la “madre tierra” necesita guardianes que la protejan de quienes sólo piensan en explotarla al máximo. Comunidades como los Uitoto, Tucano, Cubeo, Wanano, Desanos, Pijaos, Piratapuyos, Yukuna, Matapí, Tanimuka y Andoque, entre otras, viven en este territorio, algunas de ellas selva adentro, sin contacto alguno con lo que algunos llaman ‘modernidad’ y otros ‘depredación’, como en la época en que los “caucheros”, a comienzos del siglo XX, amenazaron sus bordes exteriores. Para todas esas comunidades y su milenaria cosmovisión la “Maloca Cósmica de los Jaguares” -como también llaman a la Serranía- es un mundo en sí, que siglo tras siglo ha logrado sobrevivir en una especie de equilibrio perfecto entre ser humano y naturaleza. Se entiende por qué la urgencia de mantenerlo intacto, incluyendo la conservación de familias lingüísticas tan complejas como las Uitoto, Carib y Arawak.

Chiribiquete es, además, un testimonio vivo de la historia. La cantidad de pinturas rupestres descubierta en sus montañas, cuevas y pasadizos naturales es un tesoro inigualable. Una iconografía sorprendente que relata las relaciones entre el hombre y los animales, los flujos de energía en su entorno, los ritos chamánicos de culturas con 15 mil años de antigüedad… En fin, una cosmogonía tan desconocida como apasionante de la prehistoria amazónica, teniendo al jaguar y el ciervo, ese mítico símbolo de poder y equilibrio natural, como eje central.

Como se ve, Chiribiquete es un universo por sí solo. Y ello explica por qué es la primera vez que la Unesco hace una declaración de patrimonio mixta en Colombia, es decir, que se reconocen las riquezas culturales y naturales al mismo tiempo y en un solo lugar.

Pero así como es todo un honor para Colombia que el Parque Nacional Natural de Chiribiquete haya sido declarado por la Unesco como Patrimonio Natural y Cultural de la humanidad, también se configura en un deber muy grande para el país. Colombia no puede ser inferior al mandato de preservación del área natural protegida más grande de la Amazonía, con una extensión de 4,2 millones de hectáreas, con la última ampliación.

Si bien es cierto en la última década se ha trabajado intensamente en blindar la riqueza natural y cultural de Chiribiquete, incluso con aportes de la comunidad internacional, las amenazas están rondando. Riesgos que van desde la destrucción de las zonas boscosas, la extensión desordenada de la zona agrícola, la invasión de narcocultivos y un turismo depredador.

Enfrentar esos desafíos exige un esfuerzo estatal de gran calado, desde el punto de vista de coordinación de los gobiernos Nacional, departamentales y municipales, junto a las corporaciones autónomas regionales con jurisdicción en la Amazonia. Es urgente, igualmente, avanzar hacia la corresponsabilidad global en la preservación de los “pulmones del mundo”, por la vía de financiación y donaciones de las grandes potencias. Colombia, el país más biodiverso del mundo, debe enfocar su estrategia diplomática hacia ese objetivo.

Se dice que los sabios indígenas amazónicos consideran a Chiribiquete como la “orilla del mundo”, un lugar sagrado, milenario y mágico en donde todo comienza y todo termina. Esa “orilla del mundo” está ubicada en Colombia y nos corresponde a todos defenderla y mantenerla infranqueable. Todos debemos ser su escudo.