El porqué de la esperanza

  • El optimismo como un espejismo
  • Triunfó la expectativa del cambio

En Colombia, como en muchas partes, suele confundirse el optimismo con la esperanza. El primer término se refiere, por supuesto, a muchas cosas, entre ellas el tecnicismo de las encuestas para señalar un estado de ánimo colectivo.

En efecto, una evaluación de este tipo sirve para examinar si un país va por buen o mal camino. Es una manera anglosajona y subliminalmente aceptada de ver las cosas como si esa división entre los optimistas y los pesimistas diera una noción clara de la realidad. En todo caso es el único mecanismo, con cierta aproximación científica, a fin de medir de alguna forma el trayecto de las emociones sociales.

En el más reciente sondeo de Gallup, alrededor del 70 por ciento de los colombianos se declaran pesimistas. No obstante el optimismo, a raíz del último resultado de las elecciones presidenciales, mejoró en un porcentaje considerable, puesto que estaba en el sótano del 18 por ciento.

Muchos factores pueden alegarse en favor de esta tendencia positiva, sin que desde luego se haya llegado a ningún punto óptimo. El más evidente de ellos, desde luego, es el buen desempeño de la Selección colombiana en el mundial de fútbol de Rusia, sabida de antemano la gigantesca incidencia que ese deporte tiene en el espíritu nacional. De algún modo aquella justa universal significa para el país unas vacaciones en las responsabilidades e inquietudes cotidianas.  Y esa desconexión intencional implica una cierta benevolencia con las realidades circundantes. Eso hace, frente a la política y otros fenómenos, que se olviden las preocupaciones y se produzca un ambiente festivo propicio para el optimismo.

La esperanza, en cambio, más que una fotografía momentánea se refiere a una plataforma desde la cual avizorar el futuro de modo positivo. Esta condición permite, ante todo, ver el lado bueno de las cosas y tratar de aminorar el impacto negativo de las mismas. No se trata, en sí misma, de una negación, sino de reafirmar la vocación de futuro, tanto individual como colectivamente. Así las cosas, la esperanza, más que un estado de ánimo, es una actitud espiritual tendiente a la bonhomía.

Una característica de la personalidad colombiana consiste en la permanente fluctuación del optimismo al pesimismo y viceversa. Desde el punto de vista histórico, el país ha tenido grandes episodios de optimismo, como la misma Independencia, para sumirse luego en largas etapas de pesimismo. Un caso reciente de optimismo histórico fue el de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, cuando la Nación pensó que había conquistado una renovada identidad nacional y logrado salir del mutismo precedente. Sin embargo, la oleada de pesimismo posterior se hizo evidente en múltiples sucesos que, sin duda, afectaron la estructura nacional, incluso hasta hoy. De hecho, más recientemente las encuestas señalaban una gigantesca dosis de optimismo en torno del proceso entre el gobierno Santos y las Farc pero el verdadero sentimiento del país produjo un resultado adverso en el plebiscito, denegando todos los sondeos. Las razones del incipiente optimismo, en la actualidad, obedecen precisamente al hecho de que el proceso de paz ya no concentra, única y exclusivamente, la atención gubernamental, sino que se ha presentado una oxigenación para atender muchas otras necesidades nacionales de mayor interés para el pueblo en general.

Es de ahí, precisamente, de donde nace la esperanza de que se tenga una nueva visión del país y una orientación más clara de sus posibilidades. Porque la administración actual tuvo principalmente dos elementos que incidieron en el estado de ánimo general de los colombianos. De un lado, no supo comunicar o vender el proceso de paz como factor de esperanza sino que, por el contrario, quedó como un trasunto en el que se perdonaron o evadieron los más graves crímenes en la historia del país. Y de otra parte ello cobró más fuerza a raíz de la crisis económica que, a partir de inusitadas reformas tributarias, sumieron a los colombianos en la melancolía y una neblina sobre el futuro.

En Colombia, entonces, es quizá desatinado y hasta peligroso situarse en las oscilaciones, muchas veces extremistas, del pesimismo y el optimismo. Lo que interesa, en cambio, es el reverdecer de la esperanza como mecanismo idóneo para aproximarse a las duras realidades circundantes y profundizar el deseo de cambio. Porque es allí que, con tino y acierto, puede dejarse la polarización de los últimos tiempos y verdaderamente reconocer el triunfo nítido de quienes nunca perdieron la esperanza en que las cosas podían ser mejores.