El vuelo democrático

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Como están las cosas, faltando una semana para abrirse las urnas de la segunda vuelta presidencial, puede decirse que pocas veces se había dado un certamen de tan baja intensidad proselitista y de tan alta tranquilidad en el país. Parecería en la actualidad que buena parte de la labor de convencimiento de los candidatos se agotó en el transcurso de la primera vuelta, a través de la infinidad de debates, las manifestaciones públicas, la publicidad permanente, las incontables entrevistas, mejor dicho, la pugna natural en el acceso al poder dentro de la controversia ideológica y emocional característica del sistema democrático. Y de algún modo parecería por igual que a hoy, bien se dio una extenuación de la opinión pública o bien fue de tal magnitud previa el contraste de los temperamentos en liza y exhaustiva la ventilación de los programas que no ha quedado mucho por decir o hacer, salvo en cuanto a las adhesiones, en la recta final de la carrera presidencial.

A primera vista ello podría encarnar alguna debilidad. Pero no es así. Lo claro, en todo caso, es que la democracia colombiana ha revalidado su carta de presentación como un fenómeno connatural y típico de los elementos más profundos de la identidad nacional. Vuelve a ser válido decir entonces que la colombiana, no es solo una de las democracias más antiguas del continente y el mundo, sino que se revigoriza, amplia y perfecciona a partir de su propia experiencia y desarrollo. Por lo tanto, no es solo fructífera, sino ejemplificante.

Muchos son al mismo tiempo los elementos novedosos que se han presentado en estos meses de discurrir democrático. En primer lugar, la estruendosa derrota política que el pueblo colombiano infirió a las Farc, tanto en las elecciones de Congreso como en su repliegue en las presidenciales; una derrota demostrativa del no rotundo a la mentalidad violenta en un país que debió padecer el terrorismo estéril por décadas y que demostró cuán equivocados estaban aquellos que, arrinconados en el frente militar por las autoridades legítimas, creyeron que serían recibidos con plácemes en la arena democrática. Fue el costo de haber mantenido el anacronismo revolucionarista por tantos años, sin haber tenido la lucidez oportuna, hace mucho tiempo, de cambiar la dialéctica de las armas, de antemano negativa, por los cauces de la confrontación ideológica civilizada, siempre positiva. Una conducta belicista que terminó en 50.000 votos, un porcentaje pírrico y de hecho insuficiente para una vocería política de cualquier índole.

De otra parte, claro está, aun pervive el ínfimo caudal conseguido por el Partido Liberal, en la primera vuelta presidencial; registro, a no dudarlo, que pesa como espada de Damocles en cualquier análisis. El doloroso episodio de ver a un partido histórico, compañero tradicional y combativo en la hechura republicana, reducido a la inanición, tal vez como ocurrió hace un siglo con los poderosos whigs, en el Reino Unido, es cosa que merecerá, en adelante, múltiples deliberaciones. Y que como entonces en la política británica, con la división sustitutiva y ya legendaria entre tories y laboristas, modificará el espectro colombiano irreversiblemente entre el conservatismo global y el progresismo genérico. Porque en esa dirección lo que parecería estar concretándose, en el país, es un alinderamiento con ánimo de permanencia de un frente de tendencia conservadora y, del otro lado, un polo ampliado de matices de izquierda, incluidos los remanentes liberales. Esto, a no dudarlo, es una noticia de gran dimensión política en la historia nacional.

Como también lo es que el voto en blanco, tradicionalmente marginado y marginal haya adquirido, en la segunda vuelta presidencial, un vuelo nunca visto en ocasiones anteriores. No se sabe, aún, cuál será el resultado final, pero en todo caso sería miopía no advertir que existe allí una interpretación de la democracia que exige respeto y madurez e impide la desviación a los extremos. Todo lo anterior, además, signado por una participación cada vez más creciente de la ciudadanía, amiga de las urnas, sensible de sus derechos y deberes, y sin la férula antidemocrática del voto obligatorio.

Habrá, desde luego, muchas cosas por hacer para mejorar las condiciones democráticas del país y separarlas de las corruptelas y las trapisondas, encarnadas en instituciones como la circunscripción nacional, los “cupos indicativos”, las maniobras fraudulentas y la decadencia de los partidos. Pero su cuerpo orgánico ha salido fortalecido y ese es un maravilloso aliciente para despojarla de todo cuanto ha sido tan nocivo y le ha impedido volar a plenitud.