Una visita protocolaria

La reunión ayer entre los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump, y de Colombia, Juan Manuel Santos, en la Casa Blanca, se realizó dentro de los términos más cordiales posibles. Las fotos mostraron a los dos mandatarios dialogando animadamente así como a sus respetivas delegaciones en análisis -se presume- constructivos sobre los temas de la agenda bilateral. La rueda de prensa posterior dejó ver y escuchar a los dos Jefes de Estado intercambiando frases muy elogiosas, tanto desde el punto de vista personal como institucional y político; reafirmando que la alianza estratégica entre Bogotá y Washington se había afianzado tras este cara a cara; que la colaboración en asuntos primordiales como la lucha contra el narcotráfico continuaba siendo una responsabilidad compartida que ambos gobiernos ahora profundizarían; que el proceso de paz en nuestro país cuenta con el apoyo del Ejecutivo norteamericano y que dejar atrás tantos años de guerra intestina es un logro no sólo trascendental sino derivado en parte del apoyo estadounidense en muchas áreas, especialmente desde épocas del Plan Colombia; que la crisis de Venezuela era muy grave y que ambos gobiernos trabajarían con el fin de buscarle algún tipo de solución… 

Todo lo anterior es muy importante. Es claro que Estados Unidos no sólo es el principal socio estratégico de Colombia, sino que en medio de un panorama político y económico tan convulsionado en el continente, sobre todo por la crisis a todo nivel de Venezuela, reafirmar la alianza envía un mensaje geopolítico que le conviene a nuestro país y a Washington. Eso es innegable. 

Sin embargo, en cuanto a la agenda bilateral en sí, no se puede  desconocer que hubo un alto grado de formalidad en las declaraciones tanto de Trump como de Santos, lo que impide derivar cuáles son los cambios y énfasis que tendrá la relación entre las dos naciones y qué condicionamientos nuevos habrá a la ayuda estadounidense al ahora llamado plan “Paz Colombia” (como Obama y Santos rebautizaron al Plan Colombia). Es cierto que el Congreso norteamericano viabilizó semanas atrás la partida de 450 millones de dólares para nuestro país (anunciada a comienzos del año pasado con el anterior titular de la Casa Blanca), pero en los altos círculos del Departamento de Estado es vox populi que el giro de tales recursos y la evaluación de los resultados será ahora más exigente, según Trump lo ha dejado entrever cuando ha explicado que su país buscará una mayor eficiencia de sus ayudas a terceras naciones.

Tampoco quedó claro cuál es la postura puntual y precisa de Washington frente al aumento sustancial de los narcocultivos en Colombia, que llegaron a 188 mil hectáreas. Las declaraciones de ambos presidentes al respecto estuvieron llenas de frases generalizantes, ambiguas y si se quiere obvias. Pero poco se dijo de asuntos primordiales como el impacto que tuvo la negociación con las Farc en el incremento de los cocales o qué tan efectiva será la erradicación manual y voluntaria frente a la aspersión aérea de los sembradíos ilegales… Incluso, nada se dijo de la importancia de que la facción subversiva en trance de desarme y desmovilización entregue información sobre rutas, carteles y socios en el tráfico de estupefacientes o del riesgo de las disidencias de la guerrilla en zonas cocaleras. Lo único que sí quedó claro es que la hipótesis de que las relaciones entre Colombia y Estados Unidos se desnarcotizaron termina siendo ajena a la realidad. Todo lo contrario, con la explosión de narcocultivos y el plan alternativo del gobierno Santos para erradicar este año 50 mil hectáreas, es evidente que este asunto centrará gran parte de la agenda. 

Incluso no resulta exagerado concluir que en la medida en que la problemática del narcotráfico empiece a retroceder, la postura de la Casa Blanca frente al proceso de paz será más proactiva. Además, si bien  ayer los líderes de ambos partidos (Republicano y Demócrata) reiteraron su respaldo al proceso de paz con las Farc, es apresurado afirmar que ello implica, por ejemplo, que aceptan las dosis de impunidad y castigo flexible a guerrilleros, militares, policías y civiles que cometieron delitos de lesa humanidad en el marco del conflicto armado.

Visto todo lo anterior, es necesario insistir en que la cumbre presidencial de ayer en la Casa Blanca fue importante desde el punto de vista geopolítico, incluso respecto al desenvolvimiento que tenga la crisis política, económica, social e institucional en Venezuela, frente a la cual Bogotá y Washington anunciaron que actuarán en la misma línea. Pero en lo que hace a los asuntos puntuales y determinantes de la agenda bilateral, poco se dijo y profundizó. Primó la diplomacia, las buenas maneras y los actos propios de una visita protocolaria.