¿Otra vez la contemporización con Maduro?

El fenómeno venezolano es el típico de cualquier país que sufre el populismo en vez de gozar de las instituciones. Así viene ocurriendo en aquella preciada nación desde que hace lustros el comandante Hugo Chávez asumió las riendas del Estado como el mesías que habría de salvar al pueblo de todos los males presentes, pasados y futuros. A costa, en primer lugar y claro está, del orden y la ley. 

Asimismo, como no había contenidos ideológicos, puesto que en realidad desde el principio solo se trataba del poder por el poder, vino, a fin de llenar el estruendoso vacío intelectual, la apropiación de nuestro Libertador, Simón Bolívar, en la más aleve caricaturización histórica de la que se tenga noticia y bajo el imperdonable silencio latinoamericano como, por descontado, el colombiano. Inclusive, así lo hicieron hasta sacarlo de la tumba como un paso más dentro de la enfermiza patología que impusieron de alimento social y que a fin de cuentas no habría de servir de nada para evitar la hambruna que hoy es la característica más encumbrada del oxidado régimen. Sin embargo y en el fondo Bolívar era apenas un comodín para distraer incautos mientras que se consolidaba la verdadera artimaña que tanto Chávez como sus turiferarios se traían entre manos cuando, de jóvenes, habían ingresado a los cuarteles con la idea fija, no de hacer una carrera castrense, sino de obtener de cualquier modo el solio presidencial. Primero intentaron el golpe de Estado, pero la cobardía y la ineficacia operativa del coronel Chávez hicieron fracasar la maniobra. No obstante, luego de ser amnistiado, al igual que ya se habían dado casos similares en Adolfo Hitler o Fidel Castro, llegó al tan anhelado poder. Para ser sinceros, se pareció entonces más a Hitler que a Castro, puesto que había conseguido el solio por la vía democrática y, en el mismo sentido del alemán, solo dio lugar después a las leyes habilitantes, conocido disfraz de la dictadura y el autoritarismo amparado en las facultades extraordinarias, pero su corazoncito se mantuvo donde siempre había estado, aun desde su época de oficial bisoño, y mucho más allá de los rudimentos que pudiera tener de Bolívar: en la revolución cubana, es decir, en Fidel Castro.

El viejo zorro del comunismo latinoamericano, ni corto ni perezoso, y económicamente quebrado, le rapó la mano. Frente a sí tenía, además bajo un hechizo infantil, al mandatario venezolano más rico de todos los tiempos, puesto que paulatinamente el precio del barril de petróleo pasaba de diez a cien dólares o más. Con ello, Chávez también pasó a ser sultán, no en sentido figurado, sino con todos sus atributos políticos y económicos e, imantado sicológicamente por Castro, no solo mantuvo a Cuba con sus regalos petroleros, sino que fue importando el modelo político y económico que ya había hecho estragos allí, ahora bajo la fementida consigna del “socialismo del siglo XXI”. Hoy ciertamente, tanto Venezuela como la isla cubana, ya desaparecidos Chávez y Castro, pero todavía en las mismas condiciones gubernamentales por interpuesta persona, son dos brazos de una misma naturaleza: presos políticos, censura de prensa, desabastecimiento alimentario, inviabilidad democrática y proscripción institucional, con el pueblo de víctima y sufriendo los dislates de las satrapías enquistadas.

Nada de eso es nuevo en Venezuela, con los altos índices de corrupción campeando por doquier y un cenáculo de militares dueños del escenario, mientras dejan que la erosión corra de cuenta del gigantesco títere en la silla presidencial. Desde hace tiempo se usa allí el presidio político como fórmula de acallar la oposición; desde hace tiempo el pueblo está muerto de hambre; desde hace tiempo se cierran periódicos y cadenas; desde hace tiempo han armado los civiles; desde hace tiempo nadie da razón del más grande detrimento estatal; desde hace tiempo el territorio es solaz para guerrilleros y secuestradores colombianos; desde hace tiempo rigen los gases lacrimógenos de redentores y la penumbra para los francotiradores; desde hace tiempo, pues, Colombia debió estar a la altura de la dignidad exigida en quienes se dicen verdaderos demócratas, amantes de la paz y quieren la liberación del pueblo venezolano.

Así lo han anhelado de tiempo atrás, por supuesto, la gran mayoría de los colombianos y buena parte de sus líderes, entre expresidentes, empresarios, académicos, periodistas, incluyendo al recién renunciado vicepresidente, en contraste con la tardía reacción del Ejecutivo ayer. No hay confianza alguna, ni puede haberla, en quienes han birlado las elecciones y, de convocarlas otra vez, las volverán a birlar. Elecciones, ¡sí!, pero con un régimen de transición a la salida inmediata de Nicolás Maduro y su corte. El resto es más de lo mismo: más contemporización.