Guta infernal

  • Consecuencias de la diplomacia secreta
  • Ciudades destruidas, ahora cementerios
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El 16 de mayo de 1916 la diplomacia secreta de dos de las potencias europeas, Inglaterra y Francia, representadas por sus diplomáticos, el británico Mark Sykes y el galo François Georges-Picot, logró uno de los acuerdos políticos más importantes de la época, que daría origen en parte a las fronteras actuales de Siria y sus vecinos que, a su vez, han sido modificadas por sucesivos tratados, siempre dentro de un esquema de relaciones inestables y conflictos. Los ya referidos diplomáticos europeos no tuvieron en cuenta la historia, costumbres, religión ni la diversidad de esos antiguos pueblos, varios de ellos cunas de la civilización. Lawrence de Arabia, que contribuyó a liberar esos pueblos del Imperio Turco, pretendió que se respetara la tradición y la historia, con la creación de la Gran Siria, que debería ser una suerte de potencia en la región. Su proyecto, sin embargo, fue  desdeñado por los líderes europeos que se interesaban más en sus propios intereses que en crear un sistema estable de naciones en el Medio Oriente. Así, la gran equivocación de Occidente llevó a la existencia de pueblos con religiones y antecedentes políticos y culturales distintos, con rivalidades tribales de mucho tiempo atrás y nuevos antagonismos, todos agrupados en un mismo país. Ello condujo a que las minorías étnicas y religiosas se vieran acorraladas y vejadas por las mismas autoridades, en manos de las mayorías, que debían protegerles. Ese es el caso de Siria y su accidentada evolución histórica en los últimos tiempos, sobre todo en la última década al ser escenario de una cruenta guerra interna y una tragedia humanitaria que avergüenza a la humanidad.

En estos momentos las bombas, misiles y ametralladoras siembran dolor y muerte en Guta Oriental, donde el criticado gobierno de Bashar al-Ásad intenta restablecer su autoridad sobre una parte del país. Son bastiones territoriales en donde, así estén en llamas y ruinas, prevalecen las fuerzas opositoras. La noción de civilidad, de respeto a los derechos humanos, a los niños, mujeres, ancianos y las familias ha desaparecido. Todos, combatientes y civiles, son blanco por igual de las bombas y engrosan el interminable listado de víctimas. La actividad productiva es mínima. Unos sobrevivientes piensan en combatir para vengar a sus muertos, otros en escapar y los restantes solo rezan resignadamente para que no los maten. La infraestructura en la región de Guta está destruida y no hay servicios públicos. En esa ciudad hoy atormentada por la guerra antes se podía vivir y sus miles y miles de habitantes trabajaban, estudiaban y tenían esperanzas de un futuro mejor. Pero ya no queda nada. El dolor se extiende por doquier.

Son muchos los actores y circunstancias que han propiciado la violencia en Siria desde la llamada “primavera árabe”: el alzamiento popular contra el régimen de al-Ásad, el surgimiento del ‘Estado Islámico’, los fundamentalismos de toda índole, la guerra sin cuartel y la intervención de las potencias extranjeras. Es evidente que el pulso geopolítico y los intensos bombardeos de Estados Unidos, Francia y Rusia no han hecho más que avivar la confrontación y agravar la crisis humanitaria.

Guta Oriental se ha visto envuelta en la guerra de manera súbita, por cuenta de los fuertes enfrentamientos entre el régimen y las fuerzas rebeldes. Incluso si el gobierno de al-Ásad ganara finalmente el conflicto interno, pues ya controla una gran parte del país, quedará a cargo de antiguas ciudades y pueblos convertidos en cementerios. Millones de seres han huido despavoridos. Los pueblos bombardeados se convirtieron en monumentos a la barbarie, la insensibilidad y el fracaso de la diplomacia. No hay que olvidar que el gobierno de Obama repartió armas entre los bastiones  rebeldes, en tanto que Rusia, con Putin a la cabeza, ha sostenido al régimen.

El mundo asiste, pues, a un desangre sin fin en Guta. Los muertos se cuentan por millares, al igual que los desplazados. Los bombardeos arrecian y cobran la vida de niños, hombres y mujeres civiles, lo mismo que de milicianos que los usan como escudos humanos. Todo ello, se teme, sería el preludio de un ataque terrestre a gran escala, mortífero a cual más.

Las imágenes de la tragedia humanitaria en Guta son dantescas y prueban una vez más que la humanidad no aprende y que los pueblos ni sus gobiernos tienen memoria. También que los regímenes que se soportan en la fuerza, con el menor hecho que consideren desafiante, responden con violencia y no temen sumir a su pueblo en dolor, mortandad y ruinas.