Peñalosa y la coherencia

‘Ladran, señal que cabalgamos’. Esa emblemática frase que muchos atribuyen a un pasaje de la obra cumbre de Cervantes, pero otros sostienen que en realidad proviene de un antiguo poema turco, de un famoso literato alemán o incluso uno nicaragüense, cae como anillo al dedo frente a los peregrinos intentos de revocarle el mandato al alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa. En el primer día hábil de este 2017 se inscribieron ante las autoridades electorales cuatro comités con el mismo objetivo de recoger firmas que abran paso a una cita en las urnas en la que quienes votaron en los comicios de octubre de 2015 puedan decidir si el mandatario debe o no seguir en el cargo.

Hay quienes han opinado que buscar la revocatoria de Peñalosa no sólo es una causa política injustificada sino también un ejercicio inconveniente para una ciudad que está inmersa en varios retos de primer orden en materia administrativa, vial, de infraestructura, ambiental, de salud y educación, entre otros campos.

En realidad, las improvisadas intentonas de revocatoria sirven para constatar que contra viento y marea Peñalosa está haciendo lo que prometió en campaña, que fue precisamente el programa que recibió el apoyo popular mayoritario. Más allá de los porcentajes de favorabilidad del burgomaestre en las encuestas o incluso de que se esté o no de acuerdo con sus ejecutorias, es palpable que el mandatario no incurrió en este primer año de gestión en bandazos o cambios radicales de opinión y políticas en la Administración que llevaran a pensar que se traicionó lo dicho en campaña. El Plan de Desarrollo, aprobado con una votación que no se veía en las tres últimas alcaldías, no generó mayor debate precisamente porque contenía la ratificación de las metas del mandato popular de cambio que le dieron los bogotanos tras, literalmente, sufrir una administración Petro en que primó la inestabilidad, improvisación y desinstitucionalización, fallando así en la misión que las urnas le señalaron cuatro años atrás, luego del escándalo del ‘carrusel de la contratación’.

Así las cosas, el hecho de que detrás de la causa revocatoria estén, especialmente, sectores de izquierda derrotados en octubre de 2015 y otros que no comparten los planes bandera de la Administración, o se han visto afectados por los mismos, comprueban fundamentalmente la coherencia programática de la Administración.

En segundo lugar, no constituye una sorpresa que a Peñalosa no le vaya bien en las encuestas en el comienzo de su administración. Igual le ocurrió en su primer mandato y al final, cuando las estrategias de mediano y largo plazos dieron los resultados, los rubros en los sondeos le eran favorables. Incluso puede existir una falla en la estrategia comunicacional del Distrito que debe corregirse.

No hay que llamarse a engaños: las problemáticas que arrastra la ciudad no se arreglan automáticamente con una norma del Palacio Liévano o un Acuerdo aprobado en el Concejo, ni siquiera con un decreto gubernamental o una ley. Tampoco hay lugar para el efectismo y el populismo político. Por el contrario, la atribulada ciudadanía exige soluciones reales a las crisis estructurales y complejas que tiene Bogotá. Y se requiere tener la suficiente voluntad gubernamental y de sacrificio del capital político para aplicar las reformas de fondo y la priorización presupuestal respectivas. La primera línea del Metro elevado, la readecuación de Transmilenio, la reactivación del sector de vivienda, el revolcón institucional en salud, la venta de las acciones de la ETB, el nuevo esquema educativo y las políticas para superar las falencias en materia de seguridad y convivencia ciudadana… Todas estas medidas y programas, entre muchos otros, están en marcha en apenas un año de gestión. Es claro que la coincidencia de metas y criterios entre la Administración y el Concejo ha sido clave para ello. Muchos alcaldes en esta primera cuarta parte de su mandato apenas sí tuvieron tiempo para organizar la casa y hacer aprobar su carta de navegación, y poco más.

Plantear, entonces, la revocatoria de Peñalosa es puro aventurerismo político y un claro revanchismo programático de quienes no tienen el favor popular. Se puede estar de acuerdo o no con las propuestas y ejecutorias del gobierno distrital, como es propio de toda democracia, pero creer que las mayorías bogotanas le van a apostar a sacarlo del cargo y sumir a la ciudad en la incertidumbre política y la dispersión programática, evidencia una gran dosis de ingenuidad e incluso irresponsabilidad. La ciudad apostó hace 15 meses por el cambio y hay que dejar que este suceda, claro con los debidos controles institucionales, ejercicio de la oposición y fiscalización de la opinión pública, pero sin caer en extremismos o propuestas riesgosas.