Paz, polarización y video…

Hay tres formas de analizar la polémica que se ha generado por el video en el que se ve a dos integrantes de la Misión de Monitoreo y Verificación de la ONU en el proceso de paz en Colombia, bailando con guerrilleras en una fiesta de fin de año, en una zona de preagrupamiento en La Guajira.

Una primera óptica lleva a concluir que se trató de un hecho menor pero desafortunado que puso en duda la objetividad y neutralidad de los observadores internacionales, ya que ellos actúan como una especie de árbitros que vigilan que el Gobierno y la guerrilla cumplan los compromisos que cada parte asumió en el acuerdo de paz firmado. Por lo tanto, como reza la máxima popular según la cual La mujer del César no solo debe ser honrada, sino además parecerlo, hizo bien la Misión de la ONU al deplorar lo ocurrido, pese a que tanto desde la guerrilla como algunos sectores del Congreso y afines al Gobierno se trató de restar gravedad al video. “Este comportamiento es inapropiado y no refleja los valores de profesionalismo e imparcialidad de la Misión”, recalcó la ONU, anunciando no sólo que “tomará las medidas que correspondan”, sino reiterando ante la opinión pública “su total compromiso con una verificación objetiva y rigurosa del Acuerdo de Cese al Fuego y de Hostilidades Bilateral y Definitivo y Dejación de Armas”. 

Aunque algunos observadores indicaron que este caso es parecido a lo que pasó muchos años atrás, en el proceso de paz del Caguán, por unas fotos en que se veía a los negociadores de lado y lado en un momento de distensión y con vasos de whisky en la mano, hubo quienes replicaron que no había punto de comparación porque la Misión de la ONU tiene la difícil labor de vigilar y monitorear a las partes y para ello requiere tomar cierta y prudente distancia de ambas. Incluso, a lo ocurrido ahora en La Guajira se le sumó una foto en la que se ve a un policía posando con guerrilleros y una delegada de la ONU.

Un segundo escenario de análisis conduce a que toda esta polémica, véase como un hecho grave o anecdótico, lo que está comprobando es que el proceso de localización de las tropas de la guerrilla en las zonas de ubicación se ha demorado demasiado tiempo, dando lugar a circunstancias anómalas, que van desde las denuncias de lado y lado por presuntas violaciones del cese el fuego bilateral, campanazos como el dado por el gobernador de Antioquia sobre las “guachafitas” en algunas zonas de preagrupamiento subversivo, las críticas de la guerrilla a la comida y apoyo logístico que se les está dando en su camino a la concentración definitiva de frentes y el cúmulo de problemas de diversa índole que se han registrado para activar de una vez por todas las llamadas “Zonas Veredales Transitorias de Normalización y los Puntos Transitorios de Normalización”. En estas, como se sabe, debe empezar en pocas semanas el proceso de desarme guerrillero, más aún después de que la Casa de Nariño y sus mayorías parlamentarias aprobaran contra viento y marea la ley de Amnistía a los insurgentes acusados de rebelión y delitos conexos leves, que se supone era la condición de las Farc para proceder a la localización territorial de sus contingentes de combatientes y milicianos.

Sin embargo, hay una tercera óptica de análisis a lo que ocurrió en La Guajira, la polémica derivada y la rápida y contundente reacción de la Misión de la ONU. Una óptica que se dirige a confirmar que el acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc lejos de generar consensos, ahonda el divisionismo y la polarización cada vez que produce alguna noticia. Es sintomático que se haya generado semejante controversia a nivel nacional pese a que el hecho se dio a conocer un domingo 1º de enero, cuando gran parte de los colombianos estaban todavía inmersos y relajados en las celebraciones de año nuevo. Aunque en el alto gobierno y muchos sectores se insista en que la polarización de la opinión pública alrededor de cada aspecto del proceso de paz con las Farc no es grave y que irá disminuyendo con el pasar del tiempo y el avance de la implementación de lo pactado, la evidencia del día a día indica todo lo contrario.

Aminorar esta circunstancia es no solo ingenuo sino erróneo, porque más temprano que tarde esa división de criterios en la ciudadanía volverá a emerger, poniendo de presente que de La Habana no salió nada parecido a un pacto que lleve a Colombia a una paz estable y duradera.